Este no es un blog para hablar de política. Pero llevo más de veinte años vendiendo en el exterior y he aprendido que la gestión de un país, su estabilidad y su peso en el mundo acaban llegando a las empresas, a los precios y a los contratos.
Acabo de volver de Brasil, donde se ha celebrado la primera vuelta de las elecciones. Puede haber cambio de gobierno, aunque está todo tan reñido que prefiero no apostar. Lo que sí me llama la atención es ver cómo un gobierno que no consigue que su país avance sigue sumando tantos votos. Un mal gestor es un problema, pero el aplauso incondicional lo perpetúa.
En España veo algo parecido. Tenemos un presidente cuyo entorno político y familiar acumula casos de corrupción, con condenas ya dictadas, y aun así conserva un apoyo sólido.
A veces pienso que tenemos lo que nos merecemos.
Creo que el problema viene de lejos. Demasiadas veces, desde la izquierda, los errores se atribuyen siempre a la oposición, y desde la derecha se pide perdón por cosas que no se han hecho. Así es difícil exigir cuentas a nadie.
Que nadie me malinterprete: España crece, y por encima de la media europea. Pero cuandose mira con ojos de exportadora, hay datos que preocupan. La productividad apenas supera el nivel de 2015, mientras los costes laborales suben por encima de ella, y eso resta competitividad cuando compites en un mercado exterior donde nadie te regala nada. A ello se suma una deuda pública cercana al 100% del PIB, que deja poco margen de maniobra si llega una crisis, y un acceso a la vivienda cada vez más difícil. Ni siquiera el Banco de España, que reconoce la buena marcha de la economía, oculta estas vulnerabilidades. Sé que los conflictos internacionales lo complican todo: las compras, el combustible, la luz. Pero con un buen gestor al frente, el golpe sería bastante menor.
Por eso me pregunto: ¿tan difícil es ser objetivos con lo que nos afecta? ¿Tan complicado es dejar de creer que los culpables son siempre los que no están o los que viven lejos?
Confío en que esta vez votemos con responsabilidad. Un cambio no garantiza nada, pero seguir así tampoco es una opción.