julio 4, 2026

Venezuela: cuando el cliente deja de ser solo un cliente

By In Actualidad Internacional 2026

Hay noticias que te detienen. No porque sean inesperadas, porque en ciertos países uno ya lleva años aprendiendo a no sorprenderse. Sino porque al otro lado de la pantalla hay una cara. Un nombre. Una persona con quien has compartido correos, llamadas, negociaciones, bromas, quizás una comida. Y cuando llega la tragedia, todo lo demás —la factura, el pedido, el margen— desaparece de golpe.

El pasado 24 de junio de 2026, dos terremotos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte de Venezuela en menos de un minuto. Más de miles de personas han perdido la vida y muchas más siguen desaparecidas bajo los escombros. Y todo esto en un país que ya llevaba años viviendo una de las crisis humanitarias más profundas de América Latina: hospitales sin medicamentos, familias sin acceso a alimentos básicos, casi ocho millones de personas en la diáspora, un sistema que se fue desmoronando silenciosamente durante décadas.

Cuando me enteré, lo primero que hice fue escribir a mi contacto allí. Importador. Compañero de negocio durante años. Amigo, al final, porque en este trabajo las relaciones que duran acaban siendo algo más que comerciales. Me respondió rápido: él y su familia están bien. Sentí alivio. Y acto seguido, una mezcla de culpa y tristeza, porque saber que él está bien no cambia que fuera de su casa hay miles de personas que no tienen esa suerte.

Llevo más de veinte años trabajando en comercio internacional. He aprendido muchas cosas en este tiempo, pero una de las más importantes es esta: los mercados tienen nombre propio. Detrás de cada país del mapa hay personas que madrugan, que negocian, que toman decisiones con lo que tienen. Personas que cargan con la inestabilidad de sus países como quien carga con algo que no eligió, pero no puede dejar.

Lo que más duele de tragedias como esta es la injusticia acumulada. Venezuela no llegaba al terremoto del 24 de junio en buenas condiciones. Llegaba años después de una crisis económica sin parangón, con hospitales ya devastados antes del primer sismo, con una población que ya sabía lo que era sobrevivir con muy poco. Y entonces la tierra tiembla. Y siempre, siempre, el golpe más duro lo recibe quien menos recursos tiene para absorberlo. No es fatalidad. Es la consecuencia de años de fragilidad estructural que el mundo miraba de reojo.

En estos momentos me resulta imposible pensar en Venezuela en términos de mercado, de volumen de importaciones, de oportunidad comercial. Eso puede existir, y existirá de nuevo, pero ahora mismo no es lo que importa. Lo que importa es la señora que escarba escombros con las manos buscando a su hijo. El voluntario que lleva horas sin dormir. El niño que duerme en la calle porque su edificio ya no existe. Esas imágenes no las puedes poner entre paréntesis.

Creo que una de las cosas que define cómo uno ejerce esta profesión es precisamente esto: qué haces con el vínculo humano cuando llega una crisis. Hay quienes siguen mirando el mapa con frialdad, calculando si el mercado se recuperará en uno o dos años. Y hay quienes primero preguntan cómo está la persona. Yo prefiero ser de los segundos, aunque a veces duela más.

Venezuela estará en mi pensamiento estos días. Y mi amigo allí también. Porque los clientes dejan de serlo cuando ocurre una tragedia. Y eso, en realidad, es una buena noticia sobre la clase de relaciones que merece la pena construir.

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