Lleva más de veinte años en comercio internacional. Conoce decenas de países, ha sentado en la misma mesa a gente que no coincidía en nada y ha cerrado acuerdos que parecían imposibles. Si le preguntas, te dirá que le encanta su trabajo. Y es verdad.
Pero hay algo que no le cuenta a casi nadie: hace tiempo que sospecha que no está en el sitio correcto.
No es que le falte trabajo, ni ganas, ni resultados. Es una sensación más sutil. La de dar mucho y notar que el esfuerzo no siempre tiene eco. La de crecer hasta donde la estructura permite y encontrarse con un techo que no es suyo, pero que le toca asumir.
Por eso mira por la ventana. Revisa ofertas, imagina otros equipos, otros productos, otros retos. Se ve a sí misma allí, y durante un rato la idea la ilumina.
Y entonces llega el momento de dar el paso, y algo se detiene.
Es el miedo a lo desconocido. No al trabajo, que lo domina, sino a empezar de cero en un lugar donde nadie conoce su historia. Es el miedo a no hacerlo bien, a que lo que funcionó aquí no funcione allá. Y detrás va una pregunta más incómoda todavía, la que se hace de madrugada: ¿de verdad me quedan ganas de seguir demostrando?
Porque demostrar cansa. Después de tantos años, empezar otra vez a ganarse la confianza, a justificar cada decisión y a hacerse un hueco pesa más que antes.
Aun así, ella sigue creyendo en algo que le han enseñado la experiencia y el sentido común: crecer es importante. Profesionalmente, para seguir aprendiendo. Y económicamente, porque el valor de lo que uno aporta también se mide ahí, aunque a veces cueste decirlo en voz alta.
Y si no te sientes valorada, ¿cuánto tiempo se puede esperar a que alguien lo note?
No tiene una respuesta cerrada. Quizá la solución no sea saltar de golpe, sino prepararse mejor. Quizá sea aprender a distinguir entre el miedo que protege y el miedo que paraliza. O quizá se trate de recordar que quien ha construido relaciones de confianza en treinta países no empieza nunca realmente de cero.
Lo único que tiene claro es esto: quedarse por inercia y marcharse por impulso son dos formas distintas de no decidir.
Y tú, ¿has estado alguna vez entre la comodidad de lo conocido y las ganas de algo más? ¿Qué te frenó, o qué te hizo dar el paso?