Siempre pasa lo mismo. En vísperas de vacaciones, todo se vuelve prisa y estrés.
En mi caso, la empresa cierra dos semanas. Dos semanas, nada más. Pero por cómo se vive ahí dentro los días previos, cualquiera diría que cerramos para siempre. Como si los clientes se pusieran de acuerdo, surge esa necesidad repentina de compra que hace que todos los departamentos vayamos como pollo sin cabeza. Producción, logística, compras, comercial… todos corriendo detrás del mismo reloj.
Intentamos hacerlo bien, con calma. Al principio parece que todo está organizado, que esta vez sí vamos a llegar tranquilos. Y entonces falla algo: el transporte no llega, el proveedor no manda a tiempo la materia prima o los envases, y ahí entramos en estado de pánico colectivo. Todo patas arriba. Las llamadas se multiplican, los correos se acumulan, y de repente todo el mundo necesita una respuesta para ayer.
Es curioso cómo, en esos días, hasta las relaciones entre departamentos se tensan. Cada uno defendiendo lo suyo, cada uno con la sensación de que el problema no depende de él sino de los demás. Es casi un ritual: la presión saca lo peor y lo mejor de cada equipo a partes iguales.
Pero hay algo que tengo que reconocer, año tras año: el último día laborable, casi por arte de magia, los pedidos salen como se pensó desde el principio. Y esa guerra silenciosa entre departamentos y personas desaparece, como si nunca hubiera existido. Nos despedimos con un “buenas vacaciones” sincero, como si el caos de los días anteriores fuera cosa de otra vida.
Eso sí, esas semanas hay que vivirlas para entenderlas. El estrés está ahí desde el primer eslabón de la cadena hasta el último. Se palpa, se respira en el ambiente, se nota en el tono de los correos y en la cara de la gente por los pasillos.
Y lo más curioso de todo: no se aprende. No hay lección que valga, porque se repite todos los años, casi con la misma intensidad, casi con el mismo guion.
a tí también te pasa lo mismo?