Hace mucho tiempo que no hablo de cómo está el mundo. Y no es porque no lo vea, es porque a veces cansa. Pero hoy toca.
Golfo Pérsico: Irán y Estados Unidos midiendo fuerzas por el petróleo y el enriquecimiento de uranio. Rusia y Ucrania, una guerra que ya dura años por territorio y por orgullo. Marruecos entrando en Ceuta, sobre lo que se podrían escribir varios posts. Y, cerca de casa, la corrupción política que salpica a España y a tantos otros países.
Frentes distintos, geografías distintas, protagonistas distintos. Pero si los miras con calma, todos comparten el mismo denominador: ego, poder, intereses. Cada vez más presentes en nuestra sociedad, y cada vez más normalizados.
«Eso no va conmigo»
Lo que de verdad me molesta no es la lista de conflictos. Es la costumbre de pensar que cada uno de ellos es un asunto ajeno. Que lo de Ceuta es cosa de los ceutíes, que lo de Irán es cosa de los iraníes, que lo de Ucrania es cosa de los ucranianos.
Vivimos en un mundo globalizado. Eso significa, literalmente, que nada de esto se queda donde ocurre. ¿Cuánto tiempo más vamos a pagar lo que paguemos por el combustible? ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por la comida de cada día? Las respuestas no se deciden solo en Teherán, en Kiev o en Rabat. Se deciden también en nuestra cesta de la compra, en nuestro depósito de gasolina, en nuestra factura de la luz.
Y en el comercio internacional, se nota todavía más
Desde mi lado del tablero —el comercio internacional— esto no es una reflexión abstracta, es el día a día. Los precios están disparados. Abrir un cliente nuevo cuesta más que nunca. Mantener a los que ya tenemos, también. Cada tensión geopolítica se traduce, tarde o temprano, en un coste, en un retraso, en una negociación más difícil.
Y ante eso, uno puede sentirse pequeño. Yo no voy a cambiar el precio del petróleo. Tú tampoco. No vamos a sentarnos con nuestros gobernantes a resolver estas guerras de ego y de poder a gran escala.
Pero sí podemos hacer algo, a nuestra escala
Y aquí es donde quiero quedarme, porque lamentarse no basta:
– Elegir con criterio. A quién compramos, con quién trabajamos, a quién damos nuestra confianza. Cada decisión comercial, por pequeña que sea, es también una toma de postura.
– Ser transparentes cuando los precios suben. No trasladar la tensión global como si fuera un capricho propio; explicar, acompañar, sostener la relación con el cliente o el distribuidor en lugar de esconderse detrás de una subida de tarifa.
– No importar el ego a nuestras propias negociaciones.Si el mundo ya tiene suficiente pugna por poder e intereses, lo mínimo que podemos hacer es no reproducirla en nuestra mesa de trabajo.
– Recordar que del otro lado hay una persona. Un distribuidor en Latinoamérica, un cliente en Oriente Medio, un proveedor europeo. La perspectiva humana en el comercio internacional no es un eslogan bonito: es, precisamente, lo contrario de lo que estamos viendo en el mapa geopolítico.
No podemos resolver Ceuta, ni Ucrania, ni el Golfo. Pero si cada uno de nosotros deja un poco menos de ego y un poco más de criterio en sus propias decisiones —comerciales o no— quizás el denominador común empieza, poco a poco, a cambiar.
¿Y tú? ¿Qué pequeña cosa cambiarías hoy en tu día a día para no alimentar ese mismo ego y poder que tanto criticamos?