Simplemente Sandra

Un espacio dedicado a compartir historias, experiencias y momentos que revelan la esencia humana detrás de cada profesional. Aquí descubrirás las pasiones, los sueños y las vivencias que nos conectan más allá del entorno laboral. Bienvenido a un lugar donde la autenticidad y la cercanía son el centro de cada conversación.

¿Qué significa ser icónica?

El otro día alguien me dijo que soy una mujer icónica.

Me quedé un momento en silencio. No por modestia, sino porque la palabra me hizo pensar. Icónica. ¿Qué significa eso exactamente?

Lo primero que nos viene a la cabeza son imágenes: Audrey Hepburn con su cigarrillo largo, Frida Kahlo con sus flores, Diana Spencer bajando sola las escaleras del Taj Mahal. Mujeres que dejaron una marca visual, una silueta reconocible.

Pero creo que eso es solo la superficie.

Ser icónica, en el sentido que más me importa, no tiene que ver con la imagen. Tiene que ver con el rastro que dejas en las personas. Con que alguien, años después de haberte conocido, siga pensando en algo que dijiste o en cómo te comportaste en un momento difícil. Con que tu manera de estar en el mundo haya cambiado, aunque sea un poco, la manera en que otros están en el suyo.

No se construye posando. Se construye siendo.

Y eso requiere coherencia. Presencia. Atreverse a tener criterio propio cuando es más fácil callarse. Cuidar a la gente de verdad, no por estrategia.

Cuando me dijeron esa palabra, pensé en todas las personas que han dejado huella en mí. Ninguna de ellas lo intentaba. Simplemente eran muy ellas mismas, con una intensidad tranquila que se te queda pegada.

Quizás eso es lo icónico de verdad. No lo que proyectas, sino lo que permanece cuando ya no estás en la habitación.

Un viernes en París con Coco Chanel y Hércules Poirot

Hay días en los que no me apetece hablar de clientes, exportación, aranceles o contenedores.

Después de más de veinticinco años dedicada al comercio internacional, descubres que el trabajo no solo consiste en cerrar operaciones o abrir mercados. También consiste en observar personas, tomar decisiones y aprender de quienes pensaron diferente.

Si hoy pudiera viajar en el tiempo, no elegiría una playa paradisíaca. Elegiría París.

Me gustaría atravesar la puerta del taller de Coco Chanel en la Rue Cambon y sentarme en un rincón, en silencio, simplemente para verla trabajar. No para hablar de moda. Para entender cómo nacen las ideas.

Durante muchos años pensé que mi trabajo consistía en vender productos industriales. Hoy sé que no era eso.

En realidad he dedicado gran parte de mi vida a construir confianza entre personas que viven a miles de kilómetros de distancia.

Coco Chanel no vendía vestidos. Vendía una forma de entender la libertad.

Yo no vendo lubricantes. Intento transmitir confianza, conocimiento técnico y la tranquilidad de que detrás de cada envío hay alguien que responderá cuando surja un problema.

Al salir del taller caminaría hasta una pequeña librería parisina. Compraría una novela de Agatha Christie, me sentaría en un café y, entre sus páginas, aparecería Hércules Poirot. No porque exista, sino porque representa una forma de mirar el mundo.

En comercio internacional casi nunca gana quien habla más. Gana quien observa mejor.

Poirot nunca resolvía un caso por casualidad. Escuchaba. Observaba. Esperaba.

Un buen export manager hace exactamente lo mismo. Cuando un cliente dice que el precio es demasiado alto, muchas veces el problema no es el precio. Cuando un distribuidor tarda en responder, quizá no sea desinterés. Cuando una negociación se bloquea, normalmente hay una razón que nadie está diciendo. Las pequeñas células grises también existen en los negocios.

He cumplido cincuenta y dos años. Si algo he aprendido es que ya no necesito parecer otra persona. No necesito demostrar constantemente lo que sé. Prefiero escuchar, observar, elegir bien mis batallas y rodearme de personas que aporten.

Quizá por eso hoy admiro más a Coco Chanel que hace veinte años y disfruto más de Poirot que cuando era joven. Ambos entendían algo que solo se aprende con el tiempo: la verdadera elegancia —y la verdadera inteligencia— no hacen ruido.

¿Y tú?

Si pudieras pasar una tarde con una persona que ya no está, ¿a quién elegirías? ¿Qué le preguntarías?

Quizá la respuesta diga más sobre ti que sobre ese personaje.

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